¿Alguna vez Thomas Edison habrá
imaginado las modernas luces de xenón, semejantes a la iluminación solar en
temperatura y color, visibles a 100 kilómetros de distancia. O los más novedosos
sistemas LED de 1000W capaces de producir 90.000 lúmenes?
¿Alguna vez Johannes Gutenberg habrá
imaginado que en nuestro tiempo, una pequeña memoria USB podría almacenar el
contenido de 40.000 libros de buen tamaño?
¿Alguna vez Alexander Bell imaginaría
un mundo poblado por casi 8.000 millones de teléfonos móviles, inundado por
redes de la más alta tecnología que transmiten conversaciones, conferencias en
vivo, videos, música, información, imágenes y datos a los más apartados
rincones del planeta?
Sin imaginar totalmente la
trascendencia que sus actos tendrían para las generaciones venideras, estos
sencillos hombres se hicieron grandes al superar la oscuridad, el silencio y
las limitaciones de su tiempo, dando pasos cortos pero seguros hacía un futuro
prometedor.
En medio de la niebla de la
ignorancia y el pesimismo se atrevieron a soñar con lo imposible, a perseverar
después de cientos de intentos fallidos creyendo con todo el corazón en una
esperanza.
Se atrevieron a entregarlo todo por
una visión que para muchos era locura, impulsados tan sólo por la fuerza de sus
sueños y la certeza de que sus anhelos eran realizables para el bienestar de
los ciudadanos del mundo.
Hoy, el eco de los siglos nos trae
sus voces aguerridas y los vientos de un nuevo tiempo nos dejan ver la bandera que
ellos ondearon con valentía.
Es tiempo de dejar atrás las quejas,
las críticas destructivas y el inconformismo malsano para entender que nosotros
mismos somos los constructores del futuro de nuestra tierra. Es tiempo de hacer
intentos, sencillos pero claros y determinados,
para hacer de la nuestra una mejor ciudad y de nuestro país la mejor
nación del mundo.
Carlos Alberto Méndez Guzmán
